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Sol de Avellaneda | Lectura del libro Donde brilla el tibio sol



Para la Navidad de 1983, mientras la secaba después de un baño, la madre de la escritora y poeta Silvina Giaganti le preguntó qué regalo quería. “Quiero el equipo de Independiente todo rojo con el escudo cosido en la remera”, contestó. Tenía 7 años y el amor por el club de Avellaneda, su barrio, recién empezaba.

Sus vínculos con el fútbol los cuenta en Donde brilla el tibio sol (editorial Mansalva), hermoso libro, entre novela y crónica introspectiva. Menos de cien páginas. “No tengo idea de por qué entrar en contacto con Independiente me genera, me sigue generando el mismo efecto, y tampoco este es un relato para saberlo. Sí sé que, si estoy taciturna me voy a la escritura y si necesito llorar me voy a Independiente”, escribe.

Donde brilla el tibio sol tal vez sea un reflejo de lo que nos pasa a los futboleros. Pero es al mismo tiempo una excusa para contarse en medio de un amor “imperdonable” en tiempos en que no se concebía que una mujer sea hincha de un equipo. Menos que juegue a la pelota de manera asidua. El Rojo le significa el motivo para contar eso. Y contar también la relación con un padre de Boca que estaba poco en su casa pero que la acompañaba a la cancha a ver a Independiente. Ahí estaba, además, la madre que la llevaba por la Avenida Mitre y le compraba “talco y jabones Heno de Pravia” y helados en El Piave y un sábado la llevó a ver E.T. en el cine San Martín, donde luego se levantó el bingo.

El libro sirve también para recordar tiempos de excesos adolescentes y juveniles, de novio y novias. De encierros en baños de estaciones de servicio para tomar cosas que la ayuden a no sufrir. Junto a eso, siempre el club de fútbol. Y Gerli, Quilmes, Wilde, Avellaneda.

¿Cómo no recordar, entonces, qué pasaba con su vida en determinados momentos gracias a Independiente? Cuando el Rojo ganó la Sudamericana de 2010, Giaganti pasaba un mal momento, presagio del que seguiría unos años después con el club de sus amores. En ese 2010, entonces, Giaganti “comía y dormía en la casa de su mamá”, en un cuarto de Almagro cogía con su novia y en la casa de su único ex varón, diagnosticado por esclerosis múltiple, le inyectaba “Rebif en la panza, leíamos libros de bioenergética y le acariciaba la cabeza mientras lloraba”.

Tres años después el Rojo se iría a la B. La noche del descenso, nos cuenta, salió por la 9 de julio con su perra. Llevaba una camiseta del CAI. Había seis o siete varones que fumaban y tomaban cerveza. Uno de ellos le gritó “te fuiste a la B”. Los miró y “se hicieron los boludos”. Un rato después se les acercó y los encaró. Preguntó quién de esos treintañeros le gritó lo de la B. No hablaban. “¿Van a cubrir a un cagón?”. “Vas a cubrir a un cagón que le grita a una mina te fuiste a la B, sos más cagón que él”, le dijo a uno que al final mandó al frente al bromista. Giaganti lo encaró: “¿Podés ser tan cagón como para decirle a una piba que pesa la mitad que vos y mide veinte centímetros menos te fuiste a la B? ¿Cómo podés ser tan cobarde, por qué no se lo gritás a un chabón que pese y mida lo mismo que vos así cruza y te recaga a trompadas?”. El flaco se deshizo en disculpas. Y ella: “Sé más macho la próxima, no te metas con alguien que no te puede pegar”. Y se alejó.

Aquella Navidad del 83 el Rojo no era lo que es hoy. Era campeón de Argentina y poco después lo sería de la Libertadores y del Mundo. En aquel año –y sigue spoiler, por si prefieren abortar este texto acá mismo– Silvina finalmente recibió la camiseta con el escudo cosido. Lo recuerda así: “Hay algo intacto, todavía, en mis manos de esas manos que un mes después a las doce y tres minutos de la noche rompieron el papel metálico de regalo y tocaron la tela de piqué color roja, el escudo de cuerina con las siglas C.A.I. en caída transversal y el shorcito de tela rojo con tiras blancas. Me fui a mi pieza a probarme el conjunto: me quedaba pintado. Me lo saqué, volví a ponerme la ropa que tenía puesta y fui a la mesa donde estaban todos tomando sidra y comiendo nueces y turrones”. Para esa Navidad, el Rojo de Trossero, Giusti, Marangoni y Bochini fue campeón.



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