noviembre 28, 2022

Hebe, Cristina, el llamado | Opinión



Comparto esta columna habitual conmovido por la ¿muerte? de Hebe, de la que me enteré recién. Por ahora, sólo me sale decir que, a la cabeza del orgullo nacional, y de la admiración del mundo, hay un pañuelo blanco. Que eso es inmortal, como Hebe. Y que celebro -que no sé si es la palabra- la inmediata reacción de Cristina; la primera; la que comunicó la noticia a través de su tuit, aludiendo a que ese orgullo argentino fue llamado a la eternidad en el Día de la Soberanía Nacional. Y que no debe ser casualidad. El resto de este escrito quizá sea aleatorio. O no.

Esa centralidad de Cristina volvió a quedar demostrada en el acto de La Plata, a través de dos factores que se ensamblan perfectamente y que, lejos de ser una foto, son ya una película del escenario político.

Como es costumbre, con los canales y señales de noticias en cadena nacional a lo largo de todo el discurso; más una convocatoria con la que ningún otro dirigente puede siquiera fantasear; más los analistas de color y pelaje diverso que siguieron hasta la medianoche hablando de lo dicho, callado y especulado (y así se continúa); más el escudriño de cada gesto, de cada sorbo de agua al cabo de cuál frase, de cada adjetivo, de cada entonación, mejor que terminen de despertarse los dormidos que sueñan con una CFK remitida a liderar sólo una porción del peronismo.

Es raro que en el abordaje mediático no se haya priorizado su conjugación en tercera persona del singular, cuando Cristina dijo que “sin Cristina, hay peronismo posiblemente dividido, fracturado, enfrentado, inocuo y neutralizado para cualquier proceso de cambio”.

Esa oración es la clave respecto de qué decidirá en lo electoral. Subsume haber citado a Perón con “todo en su medida y armoniosamente”, como contestación al cántico que la exige presidenta. Hará lo que tenga que hacer, según ya había advertido en el acto de la UOM.

Eso significa que será de todo menos prescindente.

A muchos comentaristas, de uno y otro palo, les parece que lanzó su candidatura presidencial.

A valores de hoy, no estamos de acuerdo. En opinión personal, lo que imprime es el tono que tendrá la campaña. Candidatearse es otra cosa que irá midiendo hasta último momento, si es necesario, porque está sujeta a avatares que puede contemplar. Pero no certificar.

Si la economía careciera de signos estabilizadores, siquiera con alfileres; si la inflación no comienza a dar muestras de descenso sostenido; si el tipo de cambio se dispara, como ocurrió en estos días en que vuelve a hablarse de otro dólar-soja para allegar reservas de nuevo atenazadas, ¿sería lógico que Cristina corriera el riesgo de una candidatura presidencial probablemente destinada al fracaso?

Y, siendo obvios o no tanto (porque hay gente, mucha gente, que dibuja tableros como si la persona fuera objeto y no sujeto), cuenta lo emotivo. El deseo.

¿O acaso no se analiza el subtexto de señalar que Perón “no quería ser presidente” cuando le permitieron su retorno a un país demasiado convulsionado, y que “tal vez lo trajeron demasiado tarde”?

¿O acaso no cuenta que Cristina tiene larguísimo derecho a sentir que ya intentó y dio casi todo, y que no hay caso con una oposición violentamente irresponsable que pretende suprimir al peronismo, ni con el ensueño de que su retorno supondría tiempos felices así como así?

Es en ese sentido que surge el segundo factor de su discurso en La Plata.

Para pesar de los apurados, Cristina volvió a hablar mucho antes en rol de estadista que como candidata. O, si se prefiere y como escribió Luis Bruschtein en su columna del sábado en este diario, como jefa de su movimiento político.

Es injusto que se le reproche no hacer esfuerzos, enormes, para construir un capitalismo periférico menos salvaje.

Podrá cuestionársele que esmeriló al Presidente de la fórmula propuesta por ella misma, mediante excesos que no se condijeron con los hechos devenidos. Puesto en la simplificación corriente, ¿bombardear a Guzmán para terminar acompañando a Massa (que está muy bien, desde ya, porque no había opción real para radicalizarse, so pena del estallido financiero que amagó en julio)?

Podrá endilgársele haber erigido al Frente de Todos sin más ejecutividad que sacarse de encima al admirador de la raza superior. Y enrostrarle que accedió a repartir el poder institucional con una tribu en este ministerio, y esta otra en la secretaría, y esta otra en la subsecretaría, y esta otra por acá y por ahí.

Pero Cristina es irreprochable en sus advertencias constantes sobre el tema estructural que se quiera: la cultura bimonetaria argentina que ya nos llevó y volvería a llevarnos al desastre; una oligarquía colonialista sin más proyecto de país que quedarse la plata entre cuatro vivos; la judicial que le responde a rajatabla; los recursos estratégicos amenazados, con una geopolítica disputada al margen de nuestras posibilidades de intervenir o decidir; el pacto democrático que ahora parece haberse roto con el intento de asesinarla no solo por el hecho en sí, sino por la actitud miserable de figuras opositoras que reniegan de condenarlo.

Vengan, hablemos, les dijo en La Plata otra vez. Enésima vez. Discutamos si el ogro éste del peronismo les mete la mano en el bolsillo; o si fue con el peronismo, incluso en su versión kirchnerista, cuando ganaron más plata sin necesidad de unos bribones que, a la corta o la larga, se recrean las condiciones para volver a sentirse amenazados.

Sin embargo, y por fuera (como si eso se pudiese) de la descomunal entereza de esta mujer que viene de que le gatillaran la cabeza, es certero que esos apuntes son justamente de lo estructural. No de lo electoral.

El discurso de Cristina, al igual que el tono de la campaña de Lula que le permitió ganar raspando, se dirige exclusivamente a recuperar el pasado mejor.

Lo dijo casi con todas las letras al aludir a “condicionamientos tan graves y tan profundos”. No fue menor la sutileza de hablarle a “compatriotas”, en lugar de a “compañeros”.

En su búsqueda de amplitud, hasta se introdujo en un berenjenal inadecuado cuando mentó la “inseguridad” como un problema de debate berreta entre los mano dura y los garantistas. Un llamado que no sensibiliza ni al gorilaje ni a la tilinguería, claro. Que justo ella haya reclamado mandar gendarmes al conurbano sonó completamente extemporáneo, pero es simbólico sobre su urgencia por ensancharse más allá de las tropas propias.

Así también, “técnicamente” no desliza propuestas sobre aspectos de la economía que hagan a cuestiones concretas del cotidiano macro y micro.

La suerte de la lucha contra la inflación, los pagos al Fondo Monetario, el cuidado de las reservas y de los posicionamientos internacionales, la relación con los grupos de Poder y de qué modo tironearlos, forman parte del paquete que el Gobierno está aplicando y del que ella -presume uno- sabe que no puede moverse mucho porque los extremos serían peligrosísimos.

Precisamente y junto con la persecución judicial que sufre, el extremo que más le preocupa es que, previo a definiciones convencionales de izquierda o derecha, está en juego si todavía habrá democracia aun en su acepción relativa. O si definitivamente las corporaciones arrasarán con todo, y encima con tintes neofascistas.

La Cristina que hay es la que está, con todas sus contradicciones a cuestas. Con todo lo que ya entregó. Y con toda la sabiduría de que no es justo pedirle milagros, en el país y en el mundo donde nadie encuentra mayores respuestas.

Después está la Cristina que cada quien se construye. Pero eso no es problema de Cristina, sino de cada quien.  



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